Poemas

Tiempo ten piedad
Tiempo… ten piedad de mí
Conservar los besos de mi amada
Tener sus abrazos
Ojos reflejando amor

Te has llevado… mis tesoros
Déjame conservar su aroma
Suspiros apasionados
El alma fresca, con dejo a ti

Por ella se de tu rostro
Mágica sonrisa
Maravilla de un espejo… así
Tiempo… déjame gozarla aquí

No te lleves todo
Se milagro, ten piedad de mi
Mente de paso lento
jame lo más sutil

Quiero en los astros verla
Bañarme de su esencia
Oír su cristalina risa

Tiempo.. . déjame vivir.



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La luna feliz en ella.

Anoche me bañé de luna y me empapé de ti
Magia buena, en la reina de la noche
Veía extasiado el cielo y te encontré ahí
Hermosa y fundida en el infinito ya sin tiempo.

Coronada de estrellas, majestuosa te veías así
Bella, poderosa, y esplendorosa
Que lleno de tu dulce luz quedé aquí
Bajabas lenta, plasmada en la esfera de plata.

Contemplabas la luna cuando vivías aquí
La belleza de tu rostro se fundía al astro
Tu ser regaló su luz a la esfera blanco carmesí
En los rizados cabellos brillaban felices; estrellas

Afortunada princesa del cielo, cuando la cambiaste así
Mística sonrisa en la luna, tu eterna huella en el cielo.
Beba, anoche te encontré y me humedecí de ti.
Pues me bañe de luna.

Regalo de Navidad 2012.


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Oda  a Ella.

El amor en la tierra se aprende de varias maneras; con los padres, maestros espirituales, los hijos, y algunos pocos amigos. Hay algunos seres divinos, que traen esa hermosa luz que es la capacidad de amar, y enseñarnos lo que es ese sublime sentimiento. El amor es tan poderoso, que penetra todo, ignora el tiempo, o las dimensiones más alejadas, rebasa los límites del espacio y tiempo.
 El amor llena el cielo, y escasea en el infierno. Como mencionó Ella: “el amor cura”.
La máxima dicha en este mundo se conoce: cuando se ama. Si ese don acompaña al hombre de una mujer que sienta lo mismo, el milagro está completo, la carne es una y Dios está presente.
Los hombres en general, estamos sordos al llamado del amor, olvidamos ¿que ese sentimiento en la mujer?, así que los vamos a comparar con un hermoso huerto; hay que cuidarlo diariamente, aportar el agua necesaria, y por supuesto ponerlo en buena tierra. Además debe podarse adecuadamente, pero más que todo esto, recibir el sol y calor: elementos indispensables.
En la ciega necedad, los hombres descuidados y soberbios, vamos secando una a una, las plantas de ese maravilloso vergel: hasta secarlo. Un día la mujer descubre, muy a su pesar, que el huerto del amor, en el que tanto se ha esforzado: ha muerto.
Hasta la mujeres de los palurdos trabajan el jardín; diariamente. Al inicio de la historia están Ilusionadas al máximo, por diversos motivos; los frutos que va a dar, las plantas de ornato con las que adornaran su hogar, y el prado de juegos donde que sus hijos y nietos gozarán. Las mujeres de estos insensatos al ver que las plantas se secan piensan; “ya se compondrá todo”, “es una mala época, ya reverdecerá”. No ven las cosas como son, el entusiasmo ciega la realidad. Cuando llega ese terrible momento de la verdad, es simplemente como cuando la cortina del teatro abre; estando el escenario derribado. La obra no puede seguir; la silla está rota, la mesa quebrada, la alfombra sucia, y los actores ausentes.
Los hombres ignorantes asumen que es eterno el jardín del amor, no se dan cuenta de que: hay que cuidarlo, diariamente, que los errores en su arreglo se acumulan, que las plantas secas ya no retoñan y los frutales moribundos no dan productos útiles.
Siendo el universo infinito, y el tiempo eterno; encontrar un nuevo huerto de amor, en el mismo lapso de una vida es: ¡un milagro! Que se materializó en Ella.
La nueva jardinera, era dueña de un vergel, colmado de belleza. Con hermosas flores, de múltiples colores; lila, amarillo brillante, rojo encendido, verde oliva y un blanco purísimo. Aromas sutiles lo impregnaban todo; de dulce miel recién extraída, jazmín, azahar, dondiego de noche, y sándalo discreto. Naturalmente el jardín tenía forma de mujer. El pasto rodeaba todo; era suave, olía a fresco. Perfecto para descansar en él, maravilloso dormir se tenía en esa alfombra natural, hasta la gatita ronroneaba con gusto al gozarlo.
Ese cálido jardín de Ella, era producto de muchos cuidados, una larga historia de esfuerzos, desvelos y más que todo: muchísimo amor. Es sabido que la mano del sembrador debe estar limpia y tener energía divina, así: toda planta se logra. Había certeza al verlo, sentirlo y disfrutarlo; “por sus frutos los conoceréis” reza la cita bíblica. Dos luceros alumbraban todo. Al entrar de inmediato se olvidaban las penas, la intensidad de su esencia se imponía, había paz. Era inevitable, la palabra adorar: ¡adquirió sentido!
Pero cuidado cándido lector: El jardinero se va un día. Ella pertenecía al amo de todo: por ello desapareció de pronto, “casamiento y mortaja, del cielo baja” se dice.
Si eres hombre, has perdido tu tiempo leyendo esto, nosotros no aprendemos de consejos y menos de lecturas cursis, necesitamos los golpes directos y a veces ni así nos ubicamos. Si eres mujer, sabes todo esto, simplemente te es natural.
En el terrible vacío de su ausencia la enojada pregunta se impone ¿por qué? La respuesta no llega, el humano no comprende, pero la resilencia aparece. Queda impresa en el alma la enseñanza de; como sembrar, cultivar y cuidar el propio jardín del amor. Esa es la maravillosa pero durísima lección, necesaria para los hombres necios: cuida el amor.

Guillermo Van Wielink Meade Guillermo

Dedicado a Bárbara Prosperi.

Obscuro otoño del 2012.




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